Este estilo de liderazgo nace muchas veces de la certeza y la contribución. La certeza de que nadie lo hará como uno mismo y contribución inagotable que busca cuidar, resolver y avanzar. Pero cuando esas fuerzas se desbalancean, el líder se convierte en el “sostenedor silencioso”. A saber: alguien que asume todo el peso, en silencio, hasta que el cuerpo, la mente o las relaciones empiezan a pasar la factura.
Los síntomas suelen disfrazarse de normalidad: jornadas eternas, insomnio, irritabilidad, dolores físicos, desconexión emocional, entre otros. Estudios recientes muestran que más de la mitad de los líderes atraviesan signos de “burnout” (1), y que muchas organizaciones han perdido a gran parte de sus cuadros directivos por no atender a tiempo estas señales. Sin embargo, la mayoría sigue adelante, como si se tratara de un costo inevitable de liderar.
No lo es. El liderazgo solitario no solo erosiona al líder, también limita al equipo. El líder que todo lo carga termina, sin darse cuenta, frenando la autonomía y el desarrollo de quienes lo rodean.
Lo sé por experiencia propia. Más de una vez me he descubierto respondiendo un mail o resolviendo un asunto menor en un grupo de WhatsApp que ya había delegado. Lo hago convencida de que así alivio la sobrecarga de alguien más, pero en realidad me sobrecargo yo y, sin querer, le quito al otro la oportunidad de hacerse cargo. ¿Qué mensaje recibe ese colaborador? ¿Que confío en él? ¿O que, en el fondo, sigo controlando desde la sombra?
Esa es la trampa del liderazgo solitario: se sostiene creyendo que se cuida al equipo, pero en el fondo se genera dependencia, frustración y cansancio para todos.
¿Hay otra forma de liderar? Sí, pero requiere un primer paso valiente: detenerse y reconocer el costo oculto que se está pagando. Nombrar lo que duele, lo que pesa, lo que cansa. Reconocer que el liderazgo no debería ser una carga solitaria.
El segundo paso es abrir conversaciones distintas. Con uno mismo y con el equipo. Conversaciones donde pedir ayuda no sea una señal de debilidad, sino un acto de responsabilidad; donde delegar signifique confiar, y no cargar en silencio.
Y un tercer paso, igual de importante: aceptar que este camino de transformación no siempre puede recorrerse en soledad. Pasar de un estilo de liderazgo que todo lo absorbe a otro que multiplica y empodera requiere acompañamiento. Un proceso personal del líder, sí, pero también un proceso compartido con su equipo. Porque un equipo que aprende a conversar distinto, a coordinar acciones de otra manera, a sostenerse mutuamente, libera al líder del peso invisible y abre la puerta a un futuro más sostenible.
El costo invisible del liderazgo solitario no tiene por qué seguir siendo el precio a pagar por dirigir. Tal vez el mayor gesto de cuidado —propio y hacia el equipo— sea aprender a soltar el peso en silencio y animarse a construir un liderazgo en diálogo, acompañado, con la convicción de que el futuro no se lleva en los hombros: se teje en red.
(1) El burnout es el síndrome de desgaste profesional, un estado de agotamiento físico, emocional y mental causado por estrés laboral crónico. Se manifiesta en fatiga, despersonalización y disminución del rendimiento personal, lo que afecta la salud y calidad de vida. Las causas incluyen sobrecarga laboral, baja autonomía y falta de apoyo en el entorno de trabajo.
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La escuché con atención. Su compromiso era enorme, pero también lo era el costo: noches sin descanso, decisiones sin apoyo, poco margen para lo estratégico y, sobre todo, un sentimiento profundo de soledad en medio del ruido de sostener la trama. Fue entonces cuando, en medio de nuestra conversación, le hice una pregunta sencilla:
—¿Y si el equipo pudiera sostenerte?
Ella se quedó en silencio. Lo repitió para sí misma, como si la idea apenas cupiera en su mundo conocido. Era la primera vez que se permitía imaginarse siendo acompañada en lugar de ser siempre la que sostiene. Esa pausa abrió un espacio nuevo, y con él, la posibilidad de regeneración.
Porque un equipo vivo no es aquel que depende de una sola persona para funcionar. Un equipo vivo se sostiene en conversaciones que distribuyen responsabilidad, que habilitan pedidos y ofertas, que hacen de los compromisos algo compartido y no una carga individual. Un equipo vivo abre espacio para que aparezca la confianza, para que los errores se conviertan en aprendizaje, y para que cada integrante encuentre su propio lugar desde donde aportar.
En los procesos que acompañamos en Aquí y Ahora, llamamos a esto “equipos que fluyen”. Y fluir no significa ausencia de conflicto ni una armonía forzada, sino la capacidad de sostenerse mutuamente, de regenerar energía en lugar de consumirla, de recordar que el liderazgo no se trata de cargar en solitario, sino de abrir posibilidades con otros.
Al final de aquella sesión, la gerenta sonrió. “No sé si mi equipo puede sostenerme todavía”, dijo, “pero ahora sé que yo puedo empezar a tener esas conversaciones que lo hagan posible”. Ese fue su primer paso.
Tal vez, como lector, te estés preguntando cuáles son esas conversaciones o de qué se tratan. No se trata de hablar de cualquier cosa ni de multiplicar reuniones que desgastan. Se trata de abrir espacios que fortalezcan tres ejes fundamentales: los vínculos, para recuperar la confianza y el cuidado mutuo; el propósito, para alinear la energía del equipo con un sentido compartido; y la coordinación de acciones, para que los compromisos dejen de ser palabras sueltas y se conviertan en resultados concretos. Cuando un equipo conversa en estos tres planos, empieza a fluir de otra manera: ya no se trata de sostenerse en soledad, sino de construir un sostén compartido.
Antes de cerrar, me gustaría dejarte estas preguntas para que te acompañen en la reflexión: ¿qué pasaría si dejaras de ser el único sostén? ¿Qué conversaciones harían posible que tu equipo también pueda sostenerte?
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